miércoles, 29 de julio de 2009

Estrellas

Todos los viernes y sábados los muchachos nos juntábamos en la cantina de Don Ignacio, allá, en el barrio de La Paternal, el mismo barrio que vio crecer a Pappo. Don Ignacio nos esperaba siempre con dulce alegría. Él nos conocía de muy chiquitos porque éramos amigos del fortín, Pablito, su hijo. Era la mejor cantina del barrio. Nuestra cantina. Éramos los mismos de siempre.
De niños nos encontrábamos en la cantina a la salida de la escuela. A veces trasgredíamos los límites que nos imponía Don Ignacio y salíamos a jugar a la vereda. Pero apenas nos veía se enojaba mucho, especialmente cuando notaba que el delantal blanco de Pablito se había ensuciado.
El tiempo pasó, nosotros crecimos sin dejar rastro de la infancia, pero los pibes nunca abandonamos la cantina. De adolescentes, antes de ir a los recitales, tomábamos unas cervezas en la cantina con Don Ignacio, mientras algunos de los pibes escribían y dibujaban las banderas que llevábamos a los recitales. Escribíamos las frases de la banda que más nos gustaban pero siempre abajo firmábamos “Los pibes de La Paternal”.
Pablito era uno de mis mejores amigos. Siempre estaba en la cantina con su novia, Yanina, un piba bastante tímida pero buena gente. Se llevaban muy bien, nunca peleaban, aunque, sinceramente, ¿quién podía pelearse con Pablito? La paciencia que tenía este pibe nunca la pude encontrar en nadie. Siempre de buena cara. Era admirable Pablito.
El negro también era un ídolo pero siempre andaba loco, nunca podías hablar seriamente con él. Mi vieja no lo podía ver, decía que era mala influencia. Le caía mejor el Toti. Se ganaba el cariño de todo el barrio. Iba a todos lados con la guitarra y su novia, Luji. Ni hablar de las topper rotas y la remera de los Gardelitos. Nunca se las sacaba.
El que siempre llegaba tarde a la cantina era el gordo. Ése sí que era un fenómeno. Lo mirabas y ya te reías. Tenía una increíble facilidad para contar chistes y mantenerse serio. Yo sabía que detrás de esa seriedad se escondía una inmensa felicidad de vernos a todos descostillarnos de la risa. Siempre lo bardeaba al colo porque era colgado. Nosotros también lo cargábamos porque siempre se reía de los chistes cuando los demás terminaban de reírse. El colo se llevaba muy bien con Gustavito, un tipazo, pero muy peligroso cuando se enojaba, no podía controlarse, aunque para que se enojara había que molestarlo mucho o simplemente comentarle lo buena que estaba su hermana, Laurita. Todos estábamos enamorados de ella, era la morocha más linda del barrio. Ella sabía que era hermosa. Se la pasaba en la cantina diseñando y dibujando las banderas. El único defecto que tenía era que cada diez minutos se arreglaba el flequillo stone.
Son buenos recuerdos esos. La pasábamos muy bien y nos queríamos mucho. No es que ahora no nos sigamos queriendo pero todo cambió después de esa noche calurosa de diciembre. Esa noche perdimos a Pablito y Don Ignacio se volvió loco de la tristeza. Cerró la cantina. Yo me mudé a Chacarita y ya no veo tanto a los pibes. Me los cruzo una vez por año, en las marchas, todos los 30 de diciembre.
Nunca dejo de extrañarlo. Se que los pibes también lo extrañan. Las últimas semanas de diciembre son difíciles de vivir. Porque vivir implica revivir lo que de infernal tuvieron esos días. A veces tengo miedo, otras veces desesperación. Miedo porque Pablito es una estrella y después de las doce pocos son los que recuerdan y muchos los que olvidan y dicen sin cesar "feliz año nuevo". Llenan el cielo de fuegos artificiales, como si fuese el día más feliz del año y siempre se olvidan que la estrella de Pablito se hace ininteligible con tanto humo. Y desesperación por no poder entender y porque a Pablito ya no lo voy a volver a ver.
Se que el dolor pesa menos cuando el caminar es conjunto. Deberíamos estar más juntos que nunca. Pero yo no puedo. Con el único que sigo hablando es con el gordo. Ya no hace tantos chistes como antes. Y cuando los hace ya no son tan graciosos. Siempre que necesitamos hablar de ese tema nos encontramos en la plaza a la noche, cuando las estrellas inundan el cielo, y paradójicamente, no hablamos, pero es como sí lo hiciéramos. Pronunciamos muy pocas palabras, el resto es todo silencio. Pero un silencio dulce. Cuando alguno cae el otro sabe que debe permanecer bien firme porque si los dos caemos es más difícil levantarse. Y así permanecemos horas mirando el cielo. Éste es el único momento en que consigo algo de paz y algo menos de dolor y desesperación. Estoy seguro que el gordo también siente lo mismo. Pero cuando miramos aquella estrella, siempre firmes, nunca olvidamos que junto a ella, posan 193 estrellas más.

2 comentarios:

Cynthia dijo...

Amiga, ahora entiendo por que pusiste en el mail: no se pongan tristes....
Si pudiera escaparme de la cotideaneidad iría corriendo a abrazarte con las lagrimas que estoy reteniendo...
Es tristemente hermoso lo que escribiste y es increíble que el tiempo pase y uno se siga sintiendo igual que hace casi 5 años....
Yo te adoro... y cada 30 de diciembre me tapo los oídos, pero no los ojos. No escucho los festejos de los desmemoriados y miro las estrellas de los que no pueden decir: feliz año (feliz año?).... y te pienso, a vos y a muchos otros, y se que estamos haciendo lo mismo en el mismo momento...y los abrazo, a mi manera.
Te quiero, ya te lo dije, no?

Anónimo dijo...

Me quedo sin palabras cuando leo estas cosas...
Hay una mezlca de angustia, de recuerdos, de alegría y de NO OLVIDAR...esa es la sensación que me deja TU historia, una combinación de sentimientos tan comunes e inexplicables a la vez.
Es triste el final, pero hay tanto sentimiento al principio que ni la muerte puede separar lo que sentían esos amigos.
Los chicos ya no están pero es deber de los que estamos recordarlos y hacer que los recuerden. Ahora son nuestras estrellas y ni el humo, ni la desidia las van a ocultar.
Te quiero yanyi y me da orgullo tenerte de amiga, como dijiste vos.
Muma